Ha sido evidente y reseñado el silencio con el que el Consejo Nacional Electoral, máxima autoridad en materia de comicios, acompaña el cronograma de actividades previas a las presidenciales que se celebrarán el 28 de julio. La campaña electoral, según las leyes y sus reglamentos, otorgan al CNE funciones formativas, informativas y de promoción del ejercicio del derecho al voto, pero su visibilidad y protagonismo sigue siendo sustituido por su ausencia. Mientras tanto el país registra dos etapas de una campaña: la extraoficial que inició hace meses y la oficial que según la Gaceta Electoral comenzó el 4 de julio.
Revisamos una tendencia orgánica teñida de humor negro. “Voy a Venezuela” apareció en las redes como enunciado-deseo del casi un cuarto de la población que migró en los últimos años y que buscan llenar el vacío de la distancia y del tiempo que los separó del país con humor.
En tiempos de hiperconexión, acceso a contenidos en tiempo real, incontables cantidades de plataformas para producción y difusión de información conviven con una política de opacidad, monopolización de la narrativa, silencios oficiales y persecución, amedrentamiento y censura, la víctima final es la ciudadanía y el ejercicio pleno de sus libertades.
La desinformación en redes y la narrativa de sectores oficialistas coinciden en llamar a dirigentes de la oposición como “los apellidos”, alimentando la idea de que no pertenecen al pueblo. La perspectiva de una lucha de clases podría captar adeptos en sectores vulnerables de desiertos informativos, pero el contexto venezolano es distinto al de 1998, cuando se empleó el discurso electoral sobre las “cúpulas podridas”, en busca del voto castigo a la dirigencia gubernamental de entonces.