Vestidos de desinformación

La desinformación se ramifica y propaga echando mano a todo lo que esté a su alcance. La ropa no es la excepción. Más que un código cultural, la vestimenta puede ser un lienzo en blanco en el que la manipulación fotográfica inserta contenidos falsos. Este análisis sobre la moda y la desinformación lo aborda Johanna Pérez Daza periodista, Investigadora, profesora universitaria de Comunicación y Fotografía en la UCAB y en la UCV.

“Somos lo que vestimos” (Coco Chanel). La ropa que usamos, las prendas que decidimos vestir, no por condiciones climáticas o económicas, protocolos y convenciones sociales, sino por gustos y convicciones, pueden mostrar mucho de nosotros. Al tiempo que cubrimos nuestros cuerpos, desnudamos ideas y exponemos preferencias. Detengámonos en la franela (también conocida como remera, camiseta, playera o polo), una sencilla pieza de vestimenta, cómoda, unisex, de uso común y extendido. Un producto masivo que, progresivamente y en el contexto de cultura pop, ha transitado su función de uso al plano de la identificación, filiación y promoción. Franelas con los rostros del Che Guevara o Bob Marley, las curvas de Marilyn Monroe o el nombre de una banda de rock, la marca de un Superhéroe o el dibujo de Mickey Mouse. También como souvenir, con colores y emblemas alusivos a lugares, partidos políticos y equipos deportivos, o estampadas con frases y símbolos que permiten fijar posición, dar a conocer apoyo o rechazo a una causa.

La ropa puede uniformarnos o distinguirnos, puede hablar de nosotros o por nosotros. El marketing lo sabe y saca ventaja. Sin ya percibirlo o sin que nos incomode, somos promociones andantes, ataviados de logos de las marcas que consumimos. Símbolos camuflados de diseño convierten a los usuarios/compradores en vitrinas ambulantes que, luego de haber pagado por un producto, lo promocionan gratuitamente. La industria de la moda es astuta. La industria de la desinformación también. Una industria transforma materias primas en productos de consumo final o intermedio. De aquí, que moda y desinformación busquen captar consumidores que garanticen el ciclo de producción. En el segundo caso, un insumo informativo inicial es procesado y transformado, llegando a confundir, engañar y descontextualizar. Su consumo, también, es masivo.

La desinformación se ramifica y propaga echando mano a todo lo que esté a su alcance. La ropa no es la excepción. Más que un código cultural, la vestimenta puede ser un lienzo en blanco en el que la manipulación fotográfica inserta contenidos falsos. Las franelas, concretamente, son presa fácil de este tipo de estrategia en la que se quitan y ponen mensajes. En los últimos meses se han difundido imágenes como las siguientes:

-El presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, mostrando sonriente una camiseta con la esvastica nazi (en la foto original posa con la camiseta de la selección de fútbol de su país)

-José Antonio González, candidato de la Alianza Democrática a la alcaldía del Municipio Mariño de Nueva Esparta, usando una franela roja del PSUV (en la foto original la camisa es verde y sin ningún escrito)

-Pedro Carvajalino, simpatizante del oficialismo, exhibe una franela con el mensaje: “Alex  Saab SAPO” (en la foto original el texto impreso sobre tela es: “FUCK Trump”)

-Una joven identificada como Yesenia Hernández, jefa del CLAP de la comunidad de Tumeremo, luce una camiseta con los “ojos de Chávez” y se informa su supuesto asesinato (la foto original es de la cantante Selena Gómez y forma parte de una campaña de UNICEF)

-Nicolás Maduro portando una franela de la campaña del chileno Gabriel Boric (la foto original, publicada en 2013, no tiene grabada propaganda política)

Estos son solo ejemplos recientes, desmontados por el Observatorio Venezolano de Fake News, en los cuales se evidencia cómo la superposición de elementos visuales y montajes fotográficos se emplean para desinformar. Las franelas de estos ejemplos no existen, las fotos donde se manipulan sí. “Somos lo que miramos”. Más que la prenda de vestir, se cambia el sentido de la imagen mediante la alteración de un elemento, en este caso, la ropa. Es lo que hacen la moda y el mercado cuando imponen y modifican significados. Es la lección aprendida y adaptada por los laboratorios de desinformación.

La ropa de consumo masivo es fabricada en serie, atiende a gustos y necesidades genéricas. Pasa igual con ciertas ideas y frases prefabricadas, empaquetadas y listas para ser consumidas y repetidas como un mantra. “Somos lo que comemos”, “Somos lo que pensamos”, “Somos lo que hacemos”… “Somos… (inserte aquí el verbo de su preferencia). Es fácil engañar y persuadir cuando nos acostumbramos a fórmulas reiteradas que pasan inadvertidas ante la mirada ingenua (por cierto, Coco Chanel no dijo “Somos lo que vestimos”). El entrecomillado o la autoridad de la fuente ya no son garantía de veracidad. Toca dudar y verificar, volver a conceptos y premisas básicas para constatar que “el hábito no hace al monje¨ (¿o si?).

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