Remembranzas del pensamiento pasado para entender la desinformación presente

Aunque el tema desinformación tiene nuevos enfoques en la intersubjetividad de redes comunicacionales, provistas de potencial dialógico, ya muchos pensadores del pasado habían enfocado su lupa sobre en la credulidad humana y la razón del mentir. Su perspectiva y crítica podrían ser útiles para entender por qué crece hoy el fenómeno de la desinformación, un problema actual de primer orden en lo comunicacional. 

En 1670, en su “Tratado teológico-político”, el filósofo neerlandés Baruch Spinoza (1632-1677), defiende la libertad de filosofar y la democracia. En su prefacio, se hace preguntas sobre la necesidad de aplicar la racionalidad, en modo de normas, y destaca dos emociones que lo hacen crédulo: el miedo y el deseo. 

“Si los hombres fueran capaces de regirse constantemente por una regla preconcebida; si constante les favoreciera la fortuna, tendrían el alma libre de supersticiones. Mas como suelen hallarse en situaciones tan difíciles que les imposibilitan adoptar resolución alguna racional; como casi siempre fluctúan entre el temor y la esperanza, por bienes que no saben desear moderadamente, su espíritu está abierto a la más exagerada credulidad”, decía Spinoza, quien destaca el papel de la voluntad en la elección de querer creer en algo, aunque sea ficticio: “Quieren que toda la naturaleza sea cómplice de su delirio y, fecundos en ridículas ficciones, la interpretan de mil maravillosos modos”.

El filósofo, historiador y economista escocés, David Hume (1711-1776), consideraba que, dada la naturaleza humana, muchas veces la elocuencia y la retórica se imponían a la razón, pues, al estar dirigidas a la fantasía o a las afecciones, tenían el poder de cautivar a los oyentes predispuestos y subyugar el entendimiento. En su libro “Investigación sobre el entendimiento humano”, de 1740, Hume recomienda una mirada de sospecha ante aquello que, como milagro o prodigio deseado, suene muy apetecible al oído del receptor:

“Los muchos casos de milagros, profecías y acontecimientos sobrenaturales falsificados que en todas las edades han sido descubiertos por evidencia contraria o que se denuncian a sí mismos por su carácter absurdo, demuestran suficientemente la intensa propensión de la humanidad a lo extraordinario y lo maravilloso y deberían razonablemente dar origen a sospechas contra toda narración de esa índole”, escribió Hume. También alertaba que aunque en tiempos más ilustrados el sentido común pudiese ser un recurso contra los engaños, tal elemento es limitado, pues la tendencia a creer en lo maravilloso es parte de la naturaleza humana: 

“La inclinación humana a lo maravilloso tiene una gran oportunidad para manifestarse. Y así, una historia que está completamente desacreditada en el lugar de origen, pasará por cierta a mil millas de distancia (…) El populacho absorto acoge ávidamente, sin examen, lo que confirma la superstición y crea el asombro”, señala Hume, quien, seguramente, habría sido defensor de la verificación en los tiempos actuales, pues ya para el siglo XVIII hablaba de la importancia hacer pasar a las historias extraordinarias por la prueba de las evidencias.

El filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955), en el prólogo para la versión francesa de su texto “La rebelión de las masas”, describía su visión sobre el lenguaje, destacando que debía entenderse que así como sirve para expresar el pensamiento, sirve también para ocultarlos y mentir y que “la mentira sería imposible si el hablar primario y normal no fuese sincero”, por lo que, destaca, “la moneda falsa circula sostenida por la moneda sana. A la postre el engaño resulta ser un humilde parásito de la ingenuidad”. 

La alemana nacionalizada estadounidense Hannah Arendt (1906-1975) analiza el porqué del mentiroso político y construye una abstracción sobre un monstruo de múltiples rostros al que denomina la mentira política organizada. De acuerdo con su artículo “Verdad y Política”, publicado en 1967, el gobierno que miente requiere de organización para hacer pretender su discurso, acomodar la estructura de hechos y alterar el juicio de verdad del público.

Son solo algunos de los enfoques con los cuales resulta claro que el problema de la desinformación no es actual, aunque sí los modos de viralización que brindan la posibilidad tecnológica. El conocimiento, la consciencia siguen siendo necesidades del ciudadano, pero más que nunca es urgente atender el llamado a nuevas formas de capacitación y formación en el ámbito comunicacional, para un mejor y más eficiente consumo informativo y uso de redes. 

El desarrollo de nuevas tecnologías, tales como la inteligencia artificial, por citar solo un caso, siempre requerirá un proceso de adaptación y autorregulación sobre los usos posibles a las novedades. Entre lo nuevo de estas tecnologías y las viejas incertidumbres sobre el engaño y la manipulación, queda el potencial humano para seguir afrontando el reto de construir un mundo sobre realidades, a partir del debate de ciudadanos bien informados.

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