¿Puede la información de calidad salvar de la irrelevancia al periodismo?

En junio de 2020, en plena emergencia de la COVID-19, el gigante tecnológico estadounidense Microsoft anunció el despido de medio centenar de periodistas de su portal MSN en Estados Unidos y el Reino Unido para reemplazarlos por algoritmos de inteligencia artificial (IA).

Esta decisión, recogida por diversos medios como Forbes (2020), no respondía a razones derivadas de la pandemia, que impuso una nueva realidad capaz de alterar distintas dimensiones de la vida de todos.

Lo que parecía un episodio de cualquier relato de ciencia ficción llegaba a las salas de redacción como una profecía autocumplida: la automatización de los procesos informativos alcanzaba al corazón mismo de la actividad periodística en su capacidad de búsqueda, selección, procesamiento y difusión de informaciones.

La IA no era una novedad en algunos medios internacionales y agregadores de noticias, pues desde hace años ya era usada de apoyo para la búsqueda y organización de datos, como observó María Teresa Ronderos en 2018.

Pero lo que nuevamente ratificó este episodio de la sustitución de periodistas por máquinas “entrenadas” fue una nueva expresión de los cambios a los que el desarrollo tecnológico vinculado con las comunicaciones e internet está propiciando en la esfera mediática y en el perfil mismo de los profesionales del periodismo.

A lo anterior se ha sumado el ascenso de nuevas figuras en los medios y las redes sociales (influencers, youtubers, etc.), cuyos números de seguidores y audiencias en algunos casos rebasan incluso a los de los propios medios de comunicación y, sin propiamente dedicarse a la búsqueda y producción informativa, igualmente cobran un inusitado poder emisor en cuanto a la información que se difunde por redes sociales.

Las telecomunicaciones, internet y los dispositivos móviles volvieron cada vez más portátil y personalizado el consumo de noticias. ¿Pueden el periodismo y sus profesionales eludir la condena a la irrelevancia que parece imponerse en estos tiempos cuando la información periodística para muchos está dejando de ser un bien de consumo y servicio social de primera necesidad?

En este contexto, la pregunta no sería si van a sobrevivir el periodismo y los periodistas, sino más bien por qué pueden ser más necesarios que nunca, precisamente cuando la “infoxicación”, las fake news y otros desórdenes informativos obligan a un mayor y más exhaustivo trabajo de verificación, de contraste.

Una primera respuesta vendría por el lado de la afirmación en los valores de la profesión, en el ejercicio ético y en la calidad de los productos informativos, pero para ello también se deben encarar desafíos urgentes. Veamos algunos de estos retos.

Si todos informamos, ¿para qué periodistas?

En su capacidad para empoderar a los usuarios en el doble rol de creadores y consumidores de contenidos (prosumidores), cualquiera puede informar y expresar sus opiniones, con independencia de si tienen base fáctica razonable o no, sin pasar por filtros o mediación alguna. “Son ciudadanos que hacen su circulación de la información por su propia fuerza y con sus propias palabras y lenguajes”, como sostienen Denys Reno y Jesús Flores en su libro Periodismo Transmedia (2018).

Aunque esta igualación de los mensajes puede resultar plausible en términos de mayor democratización y ampliación de los derechos comunicativos, no es menos cierto que también contribuyen a la masiva difusión y viralidad de   desórdenes informativos, de bulos, de desinformación.

De allí que uno de los principales desafíos del oficio periodístico sea afirmar su función de contrastar y verificar información, desmontar falacias y errores, pero también toca aliarse y ganar a las audiencias en esta labor. Y más aún, deben acompañarlo de un minucioso cuidado por volver transparentes para el público sus procesos. Verificación y transparencia no son opcionales, son parte obligante para luchar contra la irrelevancia.

Con internet y las redes sociales cualquiera puede informar y comunicar, pero esto no implica que sea información periodística, como sostienen los catedráticos de la Universidad Complutense de Madrid Elena Real, Pinar Agudiez y Sergio Príncipe (2007).

Precisamente en estos entornos se pone de manifiesto la diferencia entre la capacidad de cualquier ciudadano de informar y ejercer su libertad de expresión, y el papel social de un profesional cuya responsabilidad va mucho más allá de la intermediación entre el hecho y el público, dotado de conocimientos, metodología y técnicas específicas para la búsqueda y el procesamiento de la información, su verificación, interpretación y contextualización con fines sociales.

 Hacerse un espacio en el maremágnum informativo, entrar en el campo de la comunicación red, reclama también ahora un profesional de la información dispuesto y formado para la conversación social en las redes y no ya tanto como el emisor privilegiado que fue en otro tiempo. Además de una versátil capacidad para la colaboración y las alianzas con otras disciplinas.

El periodista deberá estar en condiciones de “saber escribir, tener presencia enorme en las redes sociales, habilidad para trabajar en diferentes plataformas, pasión por el móvil, el video y la fotografía”, como lo vislumbró Emilio García-Ruiz, exjefe de edición digital de The Washington Post y actual director del diario San Francisco Chronicles (Clases de Periodismo, 2017).

Pasa por aprender nuevos saberes como rudimentos de programación, manejo de datos (Big Data), telecomunicaciones, herramientas para la verificación de información, además de las competencias narrativas y expresivas que forman parte del ADN del oficio. El reto es también incorporar estas prácticas de manera sistemática en nuestras escuelas de comunicación y en los espacios de formación dedicados al periodismo.

De igual modo es necesario considerar la realidad mediática que en el plano profesional amenaza la calidad del periodismo. El impacto de la crisis socioeconómica del país alcanzó tanto a los medios como a sus profesionales. En los últimos años ha sido creciente el número de periodistas pluriempleados, obligados a redoblar su trabajo o a dividirse en distintas funciones por un solo salario, todo lo cual conduce a una precarización que igualmente agota las posibilidades de un ejercicio independiente, como puede observarse en las cifras aportadas en las ediciones del Estudio de la situación del periodismo venezolano, realizado por Medianálisis (2015 a 2019).

Cuando el poder canta la muerte del periodismo

Y si los anteriores aspectos permiten trazar las tareas pendientes para este viejo oficio y amenazada profesión, resulta insoslayable apuntar otro desafío igualmente mayúsculo: los acosos y agresiones a periodistas, por parte de gobiernos y factores de poder dispuestos de buena gana a fomentar la censura y la autocensura para acallar el escrutinio público sobre su gestión.

En los últimos años los propios periodistas son el centro de noticias: casos de asesinatos, sanciones legales, encarcelamientos, exilios se suceden en diversas partes del mundo. En la diana de estos ataques figuran no sólo sectores gubernamentales, sino también el crimen organizado, el narcotráfico, entre otros.

Y es que cuando la explosión de las redes sociales y de la comunicación digital conducen a vislumbrar el declive de los medios y del periodismo, justamente se pone en evidencia que “el periodismo crítico sigue cumpliendo un rol importante”, como ha planteado Silvio Waisbord: “Prensa perseguida es señal inequívoca de que todavía importa. Si no fuera así, ¿cómo explicar que el poder se ensañe con una institución supuestamente en su ocaso en épocas de influencers, contenido viral y memes?” (FLIP.org, 2021).

El oficio de informar socialmente clama por una mayor calidad y por nuevas estrategias que permitan saciar la sed de información verificada y bien narrada, tan necesaria para las sociedades del presente.

Si el periodismo claudica a otros intereses distintos a su función social derivará en las modas del mercadeo, la propaganda, con la subsiguiente caída en barrena por los territorios de la banalidad, la autocomplacencia y los discursos acomodaticios al poder.

A la manera de un muñeco porfiado, los periodistas habrán de persistir en aquello que no cambia como exigencia: su capacidad para obtener información de fuentes válidas, verificar, analizar, interpretar y contextualizar los hechos, además de ofrecer narraciones atractivas en diversos formatos y plataformas. ¿Mucho pedir? No lo parece si tomamos en cuenta que se arriesga mucho: la profesión, ni más ni menos.

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