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Partidarios del candidato presidencial opositor aguardan el arribo de Henrique Capriles a un acto de campaña en Caracas, domingo 7 de abril de 2013. Capriles enfrenta al presidente interino Nicolás Maduro en los comicios para elegir al sucesor del difundo presidente Hugo Chávez el 14 de abril. (AP Foto/Ariana Cubillos)

Los partidos políticos venezolanos están tan mal de cerca como se ven de lejos. Se hace un esfuerzo por mantener el flujo de contenidos en sus redes sociales, aunque hoy sea poco lo que se informa y nada lo que se orienta.

Los vínculos informativos que puedan tener los partidos políticos venezolanos con la población en el actual tramo de la crisis nacional están signados por la fragmentación y la opacidad, cuando no la reiteración y la ausencia total de novedad.

Un contexto que explica perfectamente la casi absoluta desconexión que existe entre ellos y la población, luego del momento de climax popular de los años 2017 y 2019,  y que describe con nitidez la crisis de las formaciones democráticas en un momento como el actual, de reflujo popular y expectativas pospuestas.

No debe sorprendernos, entonces, que el panorama a la vista sea el lamentable desierto que estamos reseñando. Como instancias de intermediación y canales para dar continuidad al esfuerzo ciudadano por restaurar la democracia, parte importante partidos democráticos del país atraviesan en este momento crisis internas y discrepancias, migraciones y renuncias fraccionales que afectan su funcionamiento.

Sus cuadros y estructuras han sido ferozmente reprimidas por el chavismo y parte importante de su dirigencia está en el exilio.

La circunstancia de las discrepancias internas y ecisiones ha afectado particularmente a Acción Democrática, Un Nuevo Tiempo, y, en el tiempo reciente, a Avanzada Progresista. La crisis se expresa a su particular manera también en Voluntad Popular y Primero Justicia.

Algunas de estas organizaciones mantienen una comunicación al menos formal con militantes y simpatizantes, colocando en sus redes sociales reseñas de sus actividades internas o efemérides de la vida de la organización. El contenido es muy somero y se ofrecen pocos datos. Primero Justicia,  en particular, ha documentado con algún detalle sus asambleas internas y reuniones actuales en sus estructuras, un ejercicio de reconteo y balance en un momento que tiene, de nuevo, un preliminar sabor a reconstrucción.

No hay, en este momento, a diferencia del pasado, ninguna instancia comunicacional de carácter unitario: ninguna plataforma de contenidos “suprapartidos”  que sea capaz de reproducir argumentos reivindicativos, que pueda orientar a la militancia; formular reclamos ciudadanos al chavismo que puedan ser usados en los encuentros con la población, o elementos para fortalecer el discurso cuestionador o herramientas comprender el origen de la terrible crisis que aqueja a la nación.

No hay noticias disponibles que puedan ofrecer una panorámica sobre una eventual consulta ciudadana, precandidaturas o calendarios. No hay diseños de salidas que permitan trascender el actual estado de inercia, o planes a la vista sobre unas elecciones primarias para escoger un liderazgo que pueda remontar la decepción popular actual.

Ni órganos informativos, ni medios de comunicación

Los partidos políticos no son medios de  comunicación social, ni están necesariamente obligados a producir noticias o fabricar novedades esperanzadoras: son organizaciones con propósitos, tesis, interpretaciones, diagnósticos, intereses, estrategias simpatías y antipatías que alternan momentos auspiciosos y reveses, y que no siempre están obligadas a transparentar o ventilar la información disponible como un bien de dominio público.

Por el contrario, son muchos los momentos de la política que demandan la discreción y el filtro de contenidos en función de determinados intereses vinculados a la toma del poder como corolario de un esfuerzo logístico y movilizador. La caza de los contenidos que traen noticias corresponde a los periodistas y medios, y estos a veces coliden y riñen con los intereses de los partidos.

La sola palabra “partido” sugiere que son éstas instancias que, desde una fracción de la sociedad, desempeñan un papel en la vida institucional de la naciones a partir de una interpretación concreta de la realidad, que en ocasiones necesita ser diferenciadora para lograr el atractiva. Los partidos políticos hacen un diagrama de sus aspiraciones para todo el cuerpo social desde las trincheras de sus intereses y credos.

Los partidos no son medios de comunicación, pero, como toda organización, están obligados a aprender a comunicarse. Al menos la mitad de la carga de la eficacia del ejercicio público y político descansa sobre las percepciones.

El contexto actual de emergencia nacional que ha quedado planteado con la hegemonía chavista, el propio imperativo unitario, junto al voto de confianza pedido por los dirigentes opositores en los momentos decisivos de este pulso, inscritos todos en la dinámica de un frente social, demandaban una operación más eficiente para mantener informada y motivada a la ciudadanía, en torno a determinados objetivos, pero también a determinados reclamos y demandas.

Comunicar y orientar

Diezmados en sus estructuras, cuestionados y en un nuevo proceso de reconstrucción, es cuesta arriba esperar que los partidos políticos venezolanos se puedan comunicar de manera eficiente con su militancia y la población para promover la buena nueva de la democracia. 

Tendrá que ser este el resultado de una reconstitución de instancias; de un trabajo organizativo que permita incorporar cuadros nuevos y sepa trazar estrategias realizables, presumiblemente en un año como 2024.

Apenas pueda ser levantada una nueva plataforma para interactuar con la población, apenas pueda volver a emplearse con un mínimo de pertinencia la palabra “oposición”,  cabría esperar que los partidos políticos venezolanos, aplazados nuevamente en su desempeño en el tiempo reciente, puedan retomar su papel como instancias orientadoras, movilizadoras, esclarecedoras. Instancias pensadas para invitar a la población a soñar y a sembrar la semilla del credo democrático. 

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