Palabras que desinforman

Entre las muchas vertientes de los procesos desinformativos, el uso incorrecto deliberado de palabras, e incluso, la invención de nuevos términos para referirse a fenómenos cotidianos para disminuirlos, restarles valor o distraer la atención son prácticas que intencionalmente fomentan la desinformación

Entendemos la palabra como una unidad que contiene significado y con la que denominamos procesos, cosas, individuos. Es una “unidad lingüística, dotada generalmente de significado”, según el Diccionario de la Real Academia Española. Esas unidades, despegadas de sus significados originarios son instrumentos de la desinformación toda vez que son usados como vehículos para torcer, desviar, manipular y hasta “inventar” nuevos significados alejados de los comúnmente usados.

Reconocemos entonces el poder del uso de las palabras como herramienta fundamental en los procesos de producción y difusión de discursos. “El lenguaje es un constructor e institucionalizador de realidades (…), por lo que el discurso, sobre todo aquel mediatizado y proferido por sujetos con autoridad y reconocimiento, crea en la sociedad un entendimiento relativo sobre las situaciones que los rodean”, aseguran Romero y López (2015) en su investigación titulada Pragmática de la desinformación. Un estudio del leak de Prism a través de las reacciones de los gobiernos de Estados Unidos, Alemania y Venezuela.

“Son diversas las estrategias lingüísticas cuya finalidad consiste en reemplazar un término por otro en un determinado contexto para mitigar, causar ambigüedad o imprecisión”, destaca Thays Adrián (2016) en su texto Del nombrar y renombrar en la reciente política venezolana. En ese sentido centramos nuestra atención en el constante uso de la palabra en el contexto político venezolano, en específico desde el uso del poder, para invisibilizar realidades, distraer la atención, desenfocar significados y renombrar medidas que afectan directamente la cotidianidad venezolanas, pero que “llamadas” de otra manera parecen “menos drásticas”. También analizamos cómo tienden a referirse a sus contrarios con usos que distorsionan significados, confundiendo las actuaciones de los adversarios con los significados comunes ciertos términos.

En la batalla del poder político, las armas del lenguaje en la era de la información ganan terreno y promueven la desinformación desde las significaciones desapegadas a sus orígenes, etimología y raíces, pero apuntalando las victorias del enfrentamiento público para dominar con el discurso.

Esto quiere decir que para avanzar hacia los análisis que desde el Observatorio Venezolano de Fake News se han propuesto sobre las distintas formas de viralizar contenidos, generar tendencias falsas en redes a través de herramientas tecnológicas y profundizar en otros aspectos del fenómeno de la desinformación, cabe primero un análisis de la selección, descontextualización, manipulación y resignificación que se ha dado a las palabras como inicio de ese proceso de desinformación, que viene seguido por el uso de las tecnologías de la información para amplificar un uso ya viciado, errado y sesgado de unidades lingüísticas carentes de su significado original, que desde su uso primario (antes de mediatizar) ya desinforman.

En ese sentido detenemos la mirada en dos casos: el uso de un término ya coloquial para “nombrar” a quienes manifiestan en contra del poder: guarimberos. Pero también nos acercamos al estudio de eufemismos para quitar valor al racionamiento de servicios públicos para restar importancia a su efecto negativo: plan de administración de cargas. Entonces, no solo vemos como se usa el lenguaje para desacreditar a oponentes, sino que ese mismo lenguaje se tuerce a favor del uso del poder para disminuir rastros de ineficiencia en la ejecución de políticas públicas.

Guarimba no es sinónimo de protesta

Desde inicios del mandato de Hugo Chávez Frías a finales de siglo pasado, las protestas en su contra fueron constantes. Los primeros registros de barricadas para trancar calles urbanas en símbolo de protesta contra el régimen chavista, data de 2004 cuando el CNE decretó que las firmas recolectadas por la oposición para convocar un referéndum revocatorio debían ser revisadas.

Progresivamente, las barricadas fueron símbolo de las distintas protestas que convocaba el sector opositor y fue hasta 2009 cuando el difunto expresidente Chávez las llamó “guarimbas”, en ese entonces en medio de nuevas manifestaciones en contra del referéndum constitucional de ese año. Para la fecha el medio informativo Analítica publicó una revisión del origen de la palabra “guarimba” en el que se explica su origen y significado.

El término que desde la máxima representación del gobierno nacional se usó para referirse a barricadas tiene su origen en un juego infantil, que consiste en roles asumidos por quienes participan: unos son policías (o los “buenos”) y otros son ladrones (o los “malos”), también se conoce como “policías y ladrones”. De esa manera el mandatario contra quien se levantaban las protestas aludía a ellas y las reducía como un juego infantil.

Ese término “guarimba” se interpuso como referencia de las protestas. Cada vez que se levantaba una barricada de ese 2009, desde la vocería oficial se referían a ellas como un juego infantil, pero la insistencia de esa forma de nombrar despectivamente las manifestaciones opositoras terminó por resignificar la palabra. Ahora en Venezuela se relaciona de manera directa la “guarimba” con una manifestación que interrumpe la libre circulación de vías urbanas, ya no se relaciona solo con lo que significa, que es un juego, y podemos inferir que pudiera haber sido la intención disminuir el impacto y la importancia de las exigencias de los protestantes contra distintas decisiones del régimen en distintos momentos. 

Sin embargo a partir de la frecuencia de las protestas opositoras, ahora en el gobierno de Nicolás Maduro quien continúa la permanencia del chavismo en el poder, el guarimba resonaba cada vez con más frecuencia desde las primeras protestas a su mandato en 2014. Así se avanzó desde nombrar “guarimbas” a la barricadas hacia denominar a los manifestantes como “guarimberos” y hasta se tuvo el atrevimiento de considerarlo un verbo para ser conjugado cuando iban a “guarimbear”.

Un esfuerzo oficial en vano para disimular, o disminuir, la contundencia de las cada vez más frecuentes manifestaciones de una oposición que también se hicieron de una palabra que en su origen nada tiene que ver con la esencia de protestas políticas. 

Racionar no es administración de carga

Un plan que restringe el acceso a un servicio público es lo contrario a administrar la carga del recurso. De acuerdo con el Diccionario de la RAE, “someter algo en caso de escasez a una distribución ordenada” es racionar. En Venezuela la crisis de los servicios públicos es de larga data. Desde hace más de una década se han ejecutado planes de racionamiento para paliar la escasez de electricidad, combustible, agua.

Específicamente la crisis de suministro de electricidad ha registrado importantes hitos como el “mega apagón” de marzo de 2019, quedó a oscuras a gran parte del país por varios días (incluso en diversas oportunidades en algunas regiones). Esta deficiencia ha  sido ampliamente registrada, denunciada y cubierta por los medios informativos.

Sin embargo, la narrativa gubernamental insiste en “torcer” las versiones y “suavizar” la crisis de suministro de electricidad desde el discurso y los cada vez más severos (y no informados) planes de racionamiento del servicio público.

En este caso se trata de nombrar como Plan de administración de carga, a los bloques horarios en los que se dispone del servicio en determinados sectores. Un anuncio con el que la vocería oficial reaccionó a la pérdida de continuidad en el servicio de energía eléctrica hace cinco años y que aún no ha sido resuelto, pues los bloques de racionamiento siguen en menor intensidad, con menos cantidad de interrupciones del servicio, pero sin lograr un suministro estable y continuo.

A pesar de los intentos por renombrar el racionamiento de un servicio, la opacidad en cuanto al suministro reaviva el uso de términos comunes y alerta a los ciudadanos que además de estar privados del servicio eléctrico son “confundidos” con términos y horarios que no coinciden con la realidad. Por ejemplo, expectativas sobre la suspensión de los “planes de administración de cargas” en territorios como el estado Nueva Esparta que no han sido realmente anunciados. La desinformación también ocupa la constante preocupación de los ciudadanos por enfrentar supuestos nuevos apagones anunciados.
Entonces, los usos lingüísticos que intentan deformar, resignificar y acomodar las palabras a favor de una narrativa, sin dudas contribuyen a los procesos de la desinformación en un contexto en el que ya el acceso a la información confiable y verificada es bastante restringido. Las distracciones y confusiones que generan los usos de la palabra como unidad de significados sin dudas potencian los efectos negativos de la desinformación, por lo que conviene insistir en regresar a lo básico: los significados originarios de las palabras, el contexto adecuado en el que se revisten de ese significado y las expresiones que reflejan lo que otros se empeñan en desnombrar.

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