La posverdad como propósito de la técnica de desinformación
“Acontece que cuando llega el invierno, el hombre siente frío (…) El frío es tal que el hombre se siente morir, esto es, siente que el frío le mata, le aniquila, le niega. (…) Siente la necesidad de evitar el frío y proporcionarse calor (…) Calentarse es un acto por el cual el hombre subviene a su necesidad de evitar el frío.” José Ortega y Gasset
¿Qué podría representar el frío del cual habla Ortega y Gasset en la arena discursiva? Tal carencia y precariedad podría, en el ámbito de la comunicación política, representar una postura indeseada, como por ejemplo la pérdida de credibilidad y liderazgo. En tal hipotético escenario adverso, donde el sentirse menos querido lleve a la sensación de pérdida de poder político, la idea de mantener el control social puede convertirse en una necesidad imperiosa en algunos hombres.
Muchos podrían intentar saciar esa sed apelando a la posverdad. Según la Real Academia Española, el término posverdad alude a una mentira emotiva que implica la distorsión deliberada de una realidad, en la que se anteponen las emociones y las creencias personales frente a los hechos objetivos, con el fin de crear y modelar la opinión pública e influir en las actitudes sociales.
El surgimiento de una posverdad puede resonar y causar una ceguera colectiva espontánea, muchas veces en medio de creencias distorsionadas por constructos, afirmaciones e interpretaciones de hechos que nunca tuvieron lugar. Una posverdad también puede ser una meta de un grupo político, que, deliberadamente, siguiendo un guion, orqueste, sistemáticamente, un neologismo para referirse a fenómenos y a personas, esto como parte de un uso poco ético y desarrollista de técnica política.
Crear una mentira emotiva en los tiempos actuales puede disponer de recursos tecnológicos y medidas de control comunicacional, así como de echar mano al uso de Inteligencia Artificial, la distribución de piezas de contenido dudoso en plataformas como Youtube, la continuidad discursiva desde los canales de servicio disponible, etc.
Entre las metas de esas técnicas estaría poner en la mente del público una narrativa desfavorable para el enemigo político, incitar a un cóctel de emociones basado en ficciones, en blufs, para crear fantasmas en la opinión pública, manteniendo alejada a la población de una realidad desfavorable.
La técnica para construir una posverdad, con alusión a Ortega y Gasset
Juguemos con los términos de Ortega y Gasset para referirnos a la técnica de crear una posverdad. Para el autor, la técnica consiste en actos que modifican o reforman la circunstancia o naturaleza para lograr que en ella haya lo que no hay. La técnica de la posverdad consistiría en la sucesión de acciones comunicacionales para modificar la percepción pública de la realidad, poniendo a otra en su lugar, a satisfacción de lo que se necesita para imponer. Omitir la realidad vista por el público para implantar una “sobre realidad” en el pensamiento de los otros, como reacción enérgica a la insatisfacción que causaría la pérdida de dominio sobre los grupos. Construir un piso emocional acorde con la visión de mantenimiento de control y poder.
La posverdad cambia, a partir de emociones, la realidad de temas y narrativas presentes en la opinión pública. Con el fin de encajonar el sistema de creencias de un colectivo en una posverdad impuesta, quienes la defiendan podrían concebir una serie de acciones desinformantes para condicionar la libertad de pensamiento de los otros. Un esquema de este tipo pretende evitar la desaparición política de quien lo acciona, para no desfallecer políticamente ni anularse, destruyendo, adicionalmente, la voz del enemigo político.
En este contexto, algunos se valen de recursos sofisticados, que pueden incluir instancias políticas y herramientas de última generación. La tecnología permite a todos los sectores conocer patrones de consumo informativo, tendencias que pueden servir para identificar rasgos, conductas, comportamientos que son segmentados por edad, clases sociales, entre otros. Una vez que la herramienta logra identificar estas tendencias, es posible que quien, desvalido de valores éticos en política, pretenda incidir en el pensamiento de los ciudadanos con propaganda cargada de falsas premisas, dirigida a cada grupo.
El conocimiento, los datos, son necesarios para comprender qué necesidades, anhelos, deseos tiene cada población y segmento social. Como todo, las herramientas pueden llevar a grandes y nobles propósitos, pero también a perversiones de la comunicación, tales como el engaño, la manipulación y la mentira. Como diría Ortega y Gasset, “la vida humana no es solo la lucha contra la materia, sino también la lucha del hombre con su alma”, y cuando nos referimos a alma, podríamos transpolar lo etéreo del término a los dilemas profundos de gobernabilidad de los pueblos, su modo de obedecer y encontrar modos de encausar la voluntad de las gentes en procura de los gustos de los gobernantes.
La máquina de decir mentiras, bajo la perspectiva de Lewis Mumford
En las recientes tecnologías de la información y la comunicación, siempre hay dos extremos humanos, el emisor y el receptor, y en función de los cambios hacia la bidireccionalidad de los sistemas comunicacionales con advenimiento de la Internet y las redes sociales, nos referimos más a un ecosistema digital con receptores que también son productores de mensajes, es decir consumidores que pasan a ser prosumidores de información. En este sentido, lo humano está presente en la técnica de desinformación y en el modo de aplicar o emplear la tecnología de la comunicación, las nuevas máquinas.
De manera dinámica, entonces, también es factible que una posverdad pueda ser reforzada o diluida por la acción de los vasos comunicantes de las redes sociales. Socavar la imagen de una parcialidad política, o elevar a otra, tendría un filtro natural que modere el debate, haciendo que las combinaciones de los constructos sociales encajonen o brinden aire a los temas y narrativas. El autómata no está solo, el ruido contribuye o sepulta algunas creencias.
Como lo señala Mumford, toda máquina está concebida en la cultura humana, lo cual aplica incluso en las posibles ventajas y potencialidades de la llamada inteligencia artificial. “Por más que la técnica descanse en los procedimientos objetivos de las ciencias, no forma un sistema independiente, como el del universo: existe como un elemento de la cultura humana que proviene el bien o el mal, según que los grupos que la exploten programen el bien o el mal”, comenta el autor en su libro Técnica y Civilización.
Gilbert Simondon… crítica a la idea de que la máquina puede dominar a los otros
En su texto, “El modo de la existencia de los objetos técnicos”, Simondon ofrece una perspectiva del rechazo a la máquina, devenido luego en idolatría, desde el deseo de potencia que se le consagra como medio de supremacía, que bien podría servir para abstraer el uso de la inteligencia artificial a la dimensión política: “El hombre que quiere dominar a sus semejantes suscita la máquina androide. Abdica entonces frente a ella y le delega su humanidad. Busca construir la máquina de pensar, soñando con construir la máquina de querer, la máquina de vivir, para quedarse detrás de ella sin angustia, libre de todo peligro, exento de todo sentimiento de debilidad y triunfante de modo mediato por lo que ha inventado”.
La inteligencia artificial podría traer nuevas dudas sobre la arbitraria ventaja que daría su uso, sobre la posibilidad de esconderse detrás de ella para cometer fechorías comunicacionales derivadas de intereses de desinformación, a partir de la usurpación, el uso ilegítimo de la imagen de un tercero y hasta la alegoría de un líder fallecido para suponer nuevas adhesiones. Algunos partidos, pueden, en función de su historia política, sus figuras, los vivos y los fallecidos, hacer mano de la inteligencia artificial para crear, basados en una legitimidad simbólica, poner palabras en boca de dirigentes ya extintos.
La pregunta recae sobre los límites del uso político de la inteligencia artificial y sus aspectos éticos. Las interpretaciones sobre las supuestas elecciones post mortem de un personaje siempre serán eso, interpretaciones, nunca realidad, pero el andamiaje sobre los sesgos y el manejo emocional del deseo, calan profundo en el momento de hacer frente a la posibilidad de que tal mensaje haya tenido incidencia en quienes quieren creer en esa interpretación como trascendental voluntad, como extensión de la voluntad del líder carismático. Se trata, como sostiene Simondon, de la creación de un objeto técnico a partir de la emocionalidad de la época, una que puede poner al límite la posibilidad de influencia del personaje, tratando de llevar su impacto a algo más allá de su ciclo vital.
Por ello, Simondon ya presupone límites para artilugios de este tipo, que bien podríamos desplazar a estos linderos como el uso del raciocinio para bien de no dejarse llevar por este tipo de contenido desinformante: “Un hombre cultivado no se permitiría hablar de objetos o de personajes pintados por una tela como de verdaderas realidades que tienen una interioridad, buena o mala”.
Aunque, por otro lado, advierte: “Este mismo hombre habla sin embargo de máquinas que amenazan al hombre como si atribuyera a estos objetos un alma y una existencia separada, autónoma, que le confiere el uso de sentimientos e intenciones contra el hombre”. Aunque Simondon cuestiona la posibilidad de rebelión de los autómatas, es el uso desmedido por manipular al otro, por parte de humanos mal intencionados, los que se aprovecharían de establecer ganchos para ver, en esas telas, hoy día sofisticados sistemas de representación digital, a unas cuantas posverdades, alimentadas con fidedignas copias de personas, poniendo en bocas ajenas mensajes para manipular a los observadores.
La verdad desde la perspectiva de la esencia de la técnica en Heidegger
Acostumbrados a ver como la verdad como lo correcto, como lo honesto, sincero y veraz, apegado a la idea de veritas, es interesante el concepto de la esencia de la técnica en Heidegger, como como develamiento de la verdad. La técnica entonces deja de ser un medio para un fin, como lo planteaban otros autores, como Ortega y Gasset. La técnica no ha de estar supeditada a un discurso menos importante que un fin al cual se accede a través de esta. Con Heidegger, pasa a ser la base del desarrollo de la humanidad, al permitir, en su esencia, la aparición continua de la verdad.
El develamiento de las verdades de nuestro tiempo, al menos en lo comunicacional, incluye reconocer el uso indebido de la técnica en el falseamiento de la realidad, de la construcción de ficciones para dominar al otro, como parte del desocultamiento del ser de algunos políticos en la actualidad. Algunos políticos emplean recursos, como laboratorios de desinformación, para manipular a la población y el develamiento de este desarrollo técnico se erige como la aparición del producto de esa inventiva política.
