Isaías Medina Angarita habló de noticias falsas, en 1943

“Tiene la prensa misión orientadora, de acuerdo con las tendencias que defienda; en política, en asuntos sociales y económicos, ella debe ser elevada como que es cátedra al alcance de todos; en asuntos de vida moral su elevación debe buscar más empinadas cumbres: tal es el concepto que tengo de la función del periódico y por ello soy firme en mi convicción de que debe gozar la prensa de las más amplias garantías”.

Isaías Medina Angarita, 24 de octubre de 1943

El gobierno del General Isaías Medina es quizá uno de los que más levanta pasiones contrarias en la historiografía de Venezuela: unos se pronuncian a favor y otros en contra del golpe de Estado que dio fin a su gestión, el 18 de octubre de 1945. Existen testimonios de que se trató del primer régimen venezolano del siglo XX que intentó dar importancia a un principio no muy respetado por los gobiernos -ni los llamados dictatoriales ni los nominalmente democráticos-: la libertad de expresión.“Tiene la prensa misión orientadora, de acuerdo con las tendencias que defienda; en política, en asuntos sociales y económicos, ella debe ser elevada como que es cátedra al alcance de todos; en asuntos de vida moral su elevación debe buscar más empinadas cumbres: tal es el concepto que tengo de la función del periódico y por ello soy firme en mi convicción de que debe gozar la prensa de las más amplias garantías”.

Es interesante que este gobernante, quien había ocupado el cargo de ministro de Guerra durante la gestión de Eleazar López Contreras, se haya rodeado de personas consideradas de un alto nivel cultural en su equipo, entre estas, Arturo Uslar Pietri, Diógenes Escalante, Caracciolo Parra Pérez y José Rafael Pocaterra, entre otros civiles. 

Veamos cómo Medina Angarita entendía el papel de la prensa para bien no solo de los gobernados, sino de los gobernantes, en las palabras que ofreció durante la instalación del primer congreso de periodistas venezolanos, celebrado el 24 de octubre de 1943, en Caracas.

“De muchas irregularidades y deficiencias administrativas he tenido conocimiento por noticias de prensa”, señalaba Medina, quien podría haber comprendido el costo de la censura con la represión a los medios y periodistas en tiempos de gomecismo y, en menor grado, durante episodios de suspensión de garantías en la administración de su antecesor.

Al referirnos al papel de la desinformación, poco se ha hablado del papel de la censura en contra de las propias administraciones que la impulsan en función de silenciar a la ciudadanía, pero una de las consecuencias posibles es que, ante la carencia de un ecosistema de medios plural, la censura se revierta en contra de la misma cúpula de las autoridades, las cuales no podrían, al obstruir la cobertura periodística y eliminar la difusión de problemas y situaciones que aquejan a la ciudadanía, tener conocimiento en torno a la complejidad de aquello que gobiernan. 

La desinformación por la mordaza también produce la ceguera de los gobernantes, y ante la incapacidad de ver los problemas por los que atraviesa el Estado, en palabras del filósofo Baruch Spinoza (1632-1677), se pone en riesgo también la paz: “La libertad de pensar no solamente es compatible con la conservación de la piedad y con la paz del Estado, sino que no puede ser destruida sin que al mismo tiempo se destruya la paz del Estado y la piedad misma”. 

Volviendo a Medina Angarita, en aquellas palabras ante la prensa también deja entrever la importancia de la rectificación, del derecho a réplica y lanza algunas aseveraciones en contra de lo que, a su juicio, no debería ser la libertad de expresión. Al hablar sobre las garantías que brindó para el derecho a la libre circulación de las ideas, se refirió a lo que consideraba incorrecto en el aspecto informativo: diseminar noticias falsas. Hacía el llamado a capítulo a la prensa, en un momento histórico en lo cual lo informativo era más competencia de periodistas y editores de oficio, pues se trataba de una emisión de mensajes más unidireccional que multidireccional. No era aquél el tiempo de las redes actuales. 

Espetó Medina críticas a contenidos que circulaban en la prensa con intenciones de deformar o “pervertir” la realidad, ante periodistas de la época, quienes lo habían invitado al evento, refiriéndose a esa posibilidad, pero en tono moralizante, no persecutorio ni prometiendo sanciones pecuniarias ni prisión, como de manera abierta fuera propio de sus antecesores y sucesores: 

“También son muchos los injustos ataques que he podido comprobar, porque hasta mí han llegado todos los elementos de información sin que haya visto la rectificación reparadora. (…) Tiene la prensa misión orientadora, de acuerdo con las tendencias que defienda; en política, en asuntos sociales y económicos, ella debe ser elevada como que es cátedra al alcance de todos; en asuntos de vida moral su elevación debe buscar más empinadas cumbres: tal es el concepto que tengo de la función del periódico y por ello soy firme en mi convicción de que debe gozar la prensa de las más amplias garantías; debe, sin embargo, significar también y expresarlo aquí ante representación numerosa de la prensa nacional, que no puedo estar de acuerdo en que esta situación de excepción que tienen los que a tan noble tarea se dedican, pueda dar lugar a actuaciones que más vale no calificar; se ven con frecuencia abusos inexcusables de esta libertad, y ella, en ocasiones, sirve de desahogo a pasiones personales, a injusticias manifiestas y de vehículo a escandalosas informaciones, que ni elevan, ni corrigen, ni estimulan, sino que deprimen el ánimo y lo llevan a consideraciones poco halagadoras sobre la elevación moral de quienes quieren ser orientadores de un pueblo que nació para la libertad, pero para la libertad que da el libre ejercicio a los atributos humanos que ennoblecen, porque yo no puedo entender jamás que el uso de la libertad pueda servir para manchar reputaciones y propalar noticias falsas que perjudiquen el honor de honestos ciudadanos que han conquistado a lo largo de una vida meritoria puestos de distinción entre los suyos”.

Consideraba Medina Angarita que no podía concebirse al venezolano sin pluralidad de ideas, ni eliminándole su naturaleza curiosa: “Pretender unificar el pensamiento de todos los venezolanos en la mismas teorías políticas, sociales o económicas, sería un absurdo, porque si ello se lograra, indicaría falta de vitalidad en un pueblo de noble espíritu, que no puede adaptarse a una uniformidad incompatible con los anhelos de renovación y perfeccionamiento; pero sí existen postulados y objetivos de interés público sobre los cuales la armonía de las fuerzas sociales y el acuerdo de las inteligencias pueden hacerse, y para bien de la patria, cada día más se están haciendo”.

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