Educación y pandemia: pormenores del multiverso venezolano

Aunque las burbujas educativas parecieran tener rato en Venezuela, la crisis económica y pandémica amplió las brechas sociales. Convirtió el panorama educativo del país en un multiverso: mientras algunos gozan de una educación privilegiada, a otros ni siquiera les permiten comer en el colegio

“El presidente ordenó clases presenciales”.

Cuando llegó ese mensaje de WhatsApp, las preocupaciones de Yamileth regresaron. Tiene tres hijos, y los tres asisten al colegio. Emma a primer nivel, Edwin a quinto grado y Enderson a quinto año. Y eso implica tres listas escolares, tres uniformes nuevos y tres comidas diarias. Aparte de los gastos de las tareas y de la futura graduación a mediados de 2022.

Aunque tiene un trabajo medianamente estable, ni ella ni su esposo pueden costearlo todo. La situación económica a veces los asfixia. Son una familia que vive en lo alto del barrio José Félix Ribas, el más grande de todo Petare.

Entre sus preocupaciones están el uniforme, algunos útiles y el pasaje. Una realidad que contrasta con la que existía antes del 13 de marzo de 2020, el día que suspendieron las clases. Entonces, había carencias, pero no estaban adaptados a la virtualidad, que, después de casi dos años, se hizo cómoda y no tan costosa. Como ella están varias familias del barrio.

Si bien muchos asisten a colegios públicos, el regreso a clases supone una inversión, pues la hiperinflación y la crisis humanitaria impiden el retorno a la normalidad.

“Mira, la verdad, yo estaba loca. Quería que regresaran al colegio, porque no me siento preparada para darles clases en la casa. O sea, a la que está en prescolar sí, pero, ¿cómo le explico un ejercicio de física al que está en quinto año? La cosa es que regresar a la escuela también conlleva un precio que yo no puedo pagar”, cuenta Yamileth. Trabaja como mesera en un restaurant en Las Mercedes y gana lo suficiente para sobrevivir en el mes. Ahora tiene que lidiar con los gastos escolares, a pesar de que ha encontrado opciones.

—¿Y cómo resuelves, entonces?

—Me las ingenio como puedo. Edwin utiliza la misma ropa de tercer grado, gracias a Dios no creció mucho. A Enderson, la prima le regaló una chemise beige y tiene el mismo pantalón de tercero. Al final, lo único que compré fueron los zapatos, que sí estaban feítos. Lo demás lo fui consiguiendo. Los cuadernos son del año pasado, ya que el colegio no ha dado los de este año.

—¿Por qué no los ha dado?

—Porque supuestamente no hay transporte para traerlos desde Los Teques. Así nos dijeron, pero los representantes no tenemos cómo traer esos bolsos.

—¿Y cómo resuelve con la comida?

—Se van desayunados. Trato de que coman bien, porque entran a las 7 y media de la mañana y salen casi a las 12 del mediodía, sin comer nada.

—¿No les dejan comer en el colegio?

—No, por la pandemia.

—Pero están en pleno crecimiento, deben comer.

—Sí, en el colegio le dan su comida, pero no pueden comer ahí.

Al hablar con Enderson, que está próximo a cumplir 17, cuenta que llega exhausto. Entre el colapso del metro, la falta de pasaje para el autobús y la falta de comida, ha sentido mareos que terminan cuando llega a su casa y se sirve la comida. Casi siempre a destiempo, pues ese trayecto le toma casi dos horas. Estudia en el liceo José Félix Ribas, al norte de Los Dos Caminos.

Edwin, que tiene 9, no ha desarrollado apego a las clases. Ni virtuales ni presenciales. Cuenta que no tiene recreo ni su maestra lo deja conversar con sus compañeros por el distanciamiento social. Mientras corrigen los cuadernos, los niños deben estar en posición de descanso en el salón. Eso para él es aburrido, aunque su mamá dice que su rendimiento ha mejorado con la presencialidad. Ahora, las matemáticas se le hacen menos difíciles.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi), realizada por el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales (IIES) de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), alrededor 500 mil niños y jóvenes quedaron fuera del sistema escolar en el último año. Esos números dentro de un índice de pobreza que alcanza 94,5 %. Números que se leen simples, pero que son tangibles en cualquier avenida o esquina de Caracas.

“Lo de la educación es alarmante, al menos dentro de los colegios y liceos públicos, que es adonde asiste la mayoría del país. Eso, claramente, no sucede con los privados, que representan un porcentaje menor de la población”, dice el profesor Óscar Graterol, quien dicta Castellano y Literatura en un reconocido instituto educativo al este de la ciudad capital.

Pero esa es otra realidad. En Venezuela, existen varias burbujas educativas. Los grandes colegios del este caraqueño, aunque golpeados por la crisis venezolana, han sabido surfear la ola hiperinflacionaria y pandémica. Sin embargo, en instituciones como la Academia Merici, el Instituto Cumbres o la Escuela Campo Alegre, que han diseñado modalidades educativas hibridas con resultados favorables, la pandemia ha hecho de las suyas. “Estos son colegios cuyos estudiantes y representantes viajan mucho, entonces, son focos de contagio. Además, el gobierno les tiene el ojo montado a los privados, pese a que sus hijos, nietos o allegados van a esos colegios”.

Por otra parte, la realidad de tales centros educativos contrasta con el resto del país. Cuentan con internet satelital, plantas eléctricas y tanques de agua que permiten evadir los problemas esenciales que sí padece la mayoría de la población. Mientras los chamos en Petare pasan horas sin comer en clases y deben someterse al estrés del transporte público, varios de los estudiantes de esos colegios cuentan con choferes personales y equipos tecnológicos con los que resuelven sus deberes. Eso marca el futuro de una generación, que, sin estudios, tendrá menos oportunidades de ascenso y movilidad social.

Aunque eso no significa que todo marche correctamente del otro lado de la ciudad. El profesor Graterol apunta las deficiencias entre los privilegiados.

—¿Cómo ha sido el retorno a las clases?

—Hay mucha apatía. Son chamos que cuentan con recursos, pero les está costando adaptarse de nuevo, sobre todo los que están en bachillerato por primera vez. Los profesores tratamos de ser flexibles, pero hay deficiencias.

—¿Y se cumplen con las medidas de seguridad?

—Totalmente. Pero es complicado, porque la mayoría son adolescentes y quieren estar juntos todo el día. Los padres son muy exigentes con eso, muchos ni siquiera permiten que sus hijos coman en el mismo sitio que sus compañeros. El colegio ha estado atento a esas demandas y las cumple. Por ejemplo, ya no se usan los lockers para evitar aglomeraciones en los pasillos.

—¿Y los profesores utilizan la pandemia dentro de los contenidos? Lo pregunto porque son chamos que están siendo bombardeados de noticias.

—Sí y sí. La pandemia llegó para quedarse, como muchos dicen. Tenemos que aprender a convivir con ella, claro, con las medidas de bioseguridad. Por eso es necesario que incluyamos contenidos sobre el coronavirus. No solo desde el punto de vista biológico, sino también social, que les ha afectado. Muchos de sus compañeros se han ido: aprovecharon que la cuarentena los agarró fuera de Venezuela y se quedaron a vivir en el exterior.

—¿Tienes el número de estudiantes que emigraron?

—El dato completo no, pero por lo menos a mí, en cuarto año, se me fueron entre cinco y seis estudiantes. Eso es mucho para un salón de 15 o 18.

—¿Y ha habido casos de coronavirus?

—Claro, desde profesores y estudiantes hasta el personal de administración y mantenimiento, pero ese es otro tema del que no puedo hablar mucho.

***

Mientras que Edwin prepara su bolso tricolor, con los cuadernos del año pasado y una vieja perinola que le regaló su abuela, la noche antes de asistir al colegio, Diego guarda una Nutella y su iPad en el morral para jugar en el recreo. Ambos tienen la misma edad y asisten al mismo grado, la diferencia es que uno vive en Petare y el otro en El Hatillo. Un multiverso de contrastes educativos en el que las brechas sociales se ampliaron más a partir de la pandemia. Dos realidades que, aunque están frente a frente, se desconocen.

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