Desinformación y violencia
En décadas pasadas, entre los años 80 y 90, se debatió con amplitud la influencia de los contenidos de violencia transmitidos por los medios de comunicación masiva en las sociedades. A pesar del énfasis en la posibilidad de regulación, se asumió, en defensa de la libertad de expresión, que contenidos informativos y de entretenimiento reflejaban la realidad de las sociedades y que la violencia, como fenómeno, tenía no solo relación con los mensajes de los medios, sino también con las aflicciones, desigualdades, radicalizaciones de la sociedad en su conjunto.
En diversos textos de análisis se asumió, pues, que la violencia en los medios no son un detonante per se de la violencia en la colectividad, aunque se validó que la radicalización e intolerancia presentes en algunos contextos podían encontrar mensajes reforzadores en los medios de comunicación. El ciudadano no actuaba conforme a la violencia por impacto directo de los medios, sino, en mayor grado, por sus valores, creencias, decisiones, sistemas de referencia, etc.
En los últimos años, con el advenimiento de Internet y el surgimiento de una comunicación transversal entre usuarios, a través de las redes sociales y sistemas de mensajería directa, la relación ciudadano-medio se complejizó. Ya no se trataba de una relación unidireccional emisor-receptor, sino de un perceptor que podía dialogar y que se podía comunicar con sus congéneres de manera transversal. Un sujeto que se podía convertir en productor de contenidos y en ello, cambió la posibilidad de encontrar en la mera representación de los medios las realidades violentas que eran objeto de debate en el pasado. Las podía recibir de sus contatos, de los influenciadores que sigue y de sus propios seguidores.
En los últimos años, adicionalmente, se ha abierto la discusión en torno a la desinformación y los impactos antidemocráticos de los contenidos engañosos, bulos y sesgos de unidades viralizadas por la población.
Pero, ¿cómo podría interactuar el fenómeno de la violencia con el de la desinformación? ¿Qué relaciones pueden surgir entre el engaño y el acto violento?
Se revisa, a continuación, algunas posibles relaciones entre violencia y desinformación.
La desinformación como acción violenta contra el derecho a la información
La desinformación intencional, la que de manera premeditada pretende confundir, distorsionar y radicalizar a la sociedad por intereses hegemónicos, de dominio o de reactivación de ciertas emociones conducentes a choques sociales, es una manera de violencia contra el derecho de los ciudadanos a estar debidamente informados, en cumplimiento al artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.”
La desinformación premeditada altera el derecho a la información. Los responsables de usurpar identidades para poner en boca de otro algo que este tercero no ha dicho, emitido, o si quiera pensado, violentan el derecho a la identidad y a la comunicación del falsamente citado. Pero, además, envilecen la información que recibe la colectividad, al intentar sembrar, en campo fértil de las emociones de la ciudadanía -por los contextos preexistentes en los cuales preparan la artillería desinformante-, un discurso que potencie el error en la conformación de opinión pública.
Es violento el propósito de un contenido desinformante que, mediante narrativas de radicalización, pretenda que el ciudadano, provisto de falsas informaciones y portador de creencias en sucesos inexistentes, se forme una opinión que lo lleve a actuar en contra, incluso, de sus propios intereses como persona, eligiendo fallidamente una postura que lo lleve al propio fracaso, a la delimitación manipulada de su propia libertad, o a la destrucción de la legitimidad de otros interlocutores sociales, quienes, convertidos en enemigos públicos por contenidos falseados, dejen de ser tomados en consideración, en un clima de enfrentamiento.
La desinformación como reflejo de la violencia social
Pero también existen contextos en los cuales la desinformación, en medio del deseo, el placer y el miedo de un colectivo, seduce a grupos sociales, para sustentar acciones violentas, propiciadas por viralizaciones de contenidos errados, a veces intencionalmente manipulados, para captar adeptos hacia una causa radical.
La desinformación también puede ser síntoma de trastornos de histeria colectiva, de consolidación de posverdades que conlleven a mecanismos de atomización de la realidad, de levantamiento de liderazgos desviados que perviertan máximas de sana convivencia social entre grupos diferentes. La desinformación que se viraliza para satisfacer mecanismos actuales de linchamientos digitales en el presente actual también es objeto de análisis.
Han aparecidos neologismos como “funar”. La Real Academia Española, este verbo está en siendo considerado por su “Observatorio de Palabras”, que evalúa neologismos, extranjerismos, tecnicismos, regionalismos, etc. A pesar de que no lo ha aprobado para su inclusión en el Diccionario, la RAE señala que el verbo ‘funar’ se recoge en el diccionario de americanismos con distintos significados, entre ellos el de ‘organizar actos públicos de denuncia contra organismos o personas relacionados con actos de represión delante de su sede o domicilio’.
En tiempo reciente, el término “funar” se ha hecho presente en redes sociales. La representación de estas plataformas como generadoras de denuncia puede tener una implicación similar a los linchamientos en físico. Activar una campaña en torno a la reputación de una persona, figura u organismo, puede ser visto como reflejo de violencia, no necesariamente de justicia. Se subvierte el derecho a la defensa y, ante instituciones que no dan respuesta a ciertas irregularidades, surge la alternativa de crear un sistema alternativo de condena colectiva.
Cierta incidencia podría conllevar a que el “funar” a alguien conlleve a errores hacia inocentes y además, a acciones premeditadas contra enemigos de alguna parte interesada en calumniar o difamar de manera deliberada. Llevado al pasado, podría esto alentar a la consolidación de falsas cacerías de brujas, con los cuales no solo apuntar y destruir a supuestos responsables de acoso, por citar un ejemplo, sino también, convertir a posibles inocentes en centro de campañas prefabricadas, con intereses deliberados, para, mediante uso de violencia verbal, acabar con la reputación de personas influyentes en una u otra dimensión social, creada la sombra del mito a su alrededor.
La desinformación como propiciadora de violencia colectiva en contextos proclives a la intolerancia
Las manifestaciones surgidas por bulos, en cualquier contexto, sugieren la exacerbación de un ambiente de tensión, a favor del deseo de algunos sectores.
Todo el proceso informativo de un colectivo depende de cómo asimile ciertos contenidos. Si en algunos de los contenidos no existe correspondencia alguna con la realidad y si pese a los desmentidos de la prensa aún sigue habiendo la necesidad de actuar de manera reactiva, la desinformación tiene la capacidad de capitalizar tensiones y convertirse en violencia. Este tipo de violencia recuerda el refrán: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”.
Citamos un caso reciente. En Londres, hubo manifestaciones violentas, luego de que se hiciera viral un contenido falseado según el cual el sospechoso de un hecho de sangre, ocurrido el 29 de julio pasado en la ciudad de Southport, en el noroeste costero de Inglaterra, era un inmigrante musulmán radical. De acuerdo con reportes de la BBC, entre otras acciones violentas, hubo quienes lanzaron piedras a la policía cerca de una mezquita de la ciudad, volcaron vehículos, incendiaron un carro y provocaron un incendio.
El ataque que dio origen a las manifestaciones, unas treinta según reportes, fue el asesinato de tres niñas, dos que murieron al momento y una tercera que falleció por las heridas que recibió. Autoridades indicaron que el adolescente de 17 años responsable de los sucesos era originario de una localidad de Gales y descartaron que el hecho respondiera a un acto terrorista.
Pero la ira contenida por el escandaloso suceso encontró en el bulo un culpable y generó una sorpresiva ola de desorden colectivo. Se trata de un ejemplo de contenido falseado lanzado a satisfacción de una emoción subyacente que puede llevar a la sociedad a la comisión de actos irracionales.
La desinformación sobre violencia como excusa para frenar la comunicación en redes
Al igual que toda forma de comunicación, mediada o directa, es innegable el poder de la expresión humana, en cualquier proceso de articulación social, en la conformación de opinión pública así como en la libre determinación de los pueblos, como resultante del intercambio abierto de ideas provenientes de todos los sectores.
No solo desinformación circula en redes. Las redes sociales y los sistemas de mensajería han permitido un flujo importante de contenidos que no respeta fronteras geográficas ni ideológicas. Esta posibilidad ha hecho factible la ampliación del espectro comunicacional de los ciudadanos, que también han participado en la conformación de opinión pública y facilitado insumos a periodistas en sus coberturas.
Precisamente por la diversificación de contenidos, y ante algunos portales críticos, algunos gobiernos en el mundo han establecido bloqueos a determinados sitios de internet, así como controles a algunas plafatormas, bajo el argumento de la supuesta violencia informativa o la propagación de desinformación.
Como mecanismo preventivo de ante la desinformación, algunas redes sociales han ofrecido la posibilidad de que los usuarios denuncien campañas de desinformación por parte de algunos usuarios, a fin de que, dadas algunas evidencias, estas plataformas bloqueen a ciertos infractores. No obstante, estos mecanismos también han sido considerado por algunos para producir bloqueo de voces críticas en algunos contextos, bajo el alegato de la supuesta difusión de desinformación, que, con este modus operandi, les permite bloquear, al menos temporalmente, a iniciativas de información o de opinión en algunos contextos.
